Roma, ciao e arrivederci

¡Saludos, mis lectores!

Hoy os voy a contar mi reciente viaje a Roma. Viaje realizado junto a mi novia, su hija, mi hermana y el novio de esta. Normalmente suelo escribir una entrada en el blog desde el mismo sitio que estoy visitando, como hice previamente en Italia, en Francia, en Bélgica, en Holanda o en Ecuador. Pero lo cierto es que no he tenido los medios ni la infraestructura ni el tiempo para poder hacerlo, así que os lo cuento todo hoy mientras sigue bien claro y ordenado en mi mente. Sin duda en los próximos días iré perdiendo los nombres de calles, plazas, restaurantes y sitios varios que he tenido el placer de ver.

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La Fontana di Trevi, en Roma.

Voy a saltarme el primer y el último día, ya que son los trayectos  hasta y desde Roma y no tienen mucho a destacar salvo las áreas de servicio y la música que he escuchado. Voy a por los dos días centrales, domingo 29 y lunes 30, que son los que realmente pasamos en Roma. Quizás algunos datos os sirvan, si algún día visitáis esta ciudad.

Aviso de que las imágenes que vais a ver acompañar la crónica no son mías, las he buscado en Google sólamente para ilustrar un poco el relato y para que os hagáis una idea de lo que vi. Ni soy buen fotógrafo (eso se lo dejo a mi hermana) ni suelo tomar muchas fotos de los sitios adónde voy porque me gusta más vivirlos. ¡Pero ahora vamos con lo que nos ocupa!

Día 1

  • Tras levantarnos y pegarnos una buena ducha, desayunamos en el hotel a las 7:30. Nos hospedamos tres noches en el Hotel Athena, muy sencillo pero barato y bien conectado. A apenas 5′ de tranvías y buses, y a aproximadamente unos 5 km de la Fontana di Trevi, por poner una referencia. Como digo, este hotel no es nada del otro mundo, pero al precio que nos salió mereció muchísimo la pena, ciertamente. Pues no llegó a 100€ por persona las tres noches, el parking apenas nos cobró 15€ por dejar el coche tres noches a buen recaudo y el servicio de limpieza me pareció correcto, además de que en recepción nos trataron muy bien y nos dieron de buena gana toda la información que quisimos saber.
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Una habitación del Hotel Athena, parecida a la que ocupé apenas hace dos noches.

  • Salimos a las 8:00 hacia la oficina de Omnia, cerca de la Porta de San Giovanni, para recoger nuestros pases de visita y transporte público. Ya en el tranvía, de camino hacia la Piazza di San Giovanni in Laterano, nos dimos cuenta de que mires donde mires, en Roma siempre ves el pasado en cada calle. No da en absoluto la sensación de ser una gran capital, sino de ser un pueblo enorme con mucha historia en sus calles.
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Porta San Giovanni, de camino a su homónima Basílica.

  • Visitamos rápidamente la Basílica de San Giovanni, aprovechando que estaba ahí mismo la oficina de Omnia. Íbamos con la filosofía de ver ciertos puntos de interés preestablecidos, pero visitando fugazmente lo que se nos pusiera por delante y juzgásemos de interesante.

 

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Basílica de San Giovanni.

  • Entramos a visitar el Coliseo hacia las 9:00. Ciertamente impresiona el tamaño, pero tampoco me pareció nada especial. Quizá porque de camino hacia el mismo ya habíamos pasado por infinidad de puertas, arcos, etc. El caso es que para nada me pareció lo más imponente de la ciudad.
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Interior del Coliseo.

  • Tras la visita al Coliseo y los intentos de escaquearnos entre un auténtico ejército de vendedores ambulantes, recorrimos el Forum y el Palatino, aprovechando que ya estábamos en esa zona. Lo cierto es que el lugar daba para perderse toda una tarde tranquilísimamente. También agradecimos que hubiese un par de fuentes con agua potable y muy fresca para rellenar cantimploras y botellas.
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Vista del Foro Romano.

  • Salimos del Palatino deshechos por el calor, la caminata y el hambre, pero decidimos visitar fugazmente el Circo Massimo, que también tiene un parque muy bonito a su vera, y la Bocca della Verità, esa suerte de alcantarilla con forma de cara en cuya boca meten los turistas la mano para sacarse una foto. Como está al lado de la Iglesia de Santa María, ya ahí te hacen cuidar un poco el vestuario (en muchos sitios de Roma, la mayoría iglesias, obligan a vestir cubriendo las piernas mínimo hasta las rodillas y sin llevar camisetas de tiras). Lo cierto es que fue un palo hacer la cola delante de la Boca de la Verdad, pero al menos estábamos en la sombra, íbamos charlando y cazábamos paradas en el Pokémon Go.
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Boca de la Verdad.

  • Tras esta última visita de la mañana, cruzamos el puente Palatino, llegando a la orilla oeste del río Tíber, planeando comer en algún restaurante del barrio Trastevere, la zona más bohemia de la ciudad. No fue difícil encontrar un sitio que nos entró por la vista, la Trattoria Il Ponentino. Tuvimos que esperar más 10 minutos, no porque hubiera cola sino por la parsimonia de los camareros, que aun siendo muy simpáticos (como prácticamente toda la gente con la que nos relacionamos durante la estancia en Italia, ciertamente) desde luego no perdían los nervios dándose prisa para atender, sentar y servir a todos los visitantes. Comimos muy bien y toda la comida para los cinco que viajábamos, costó en total apenas unos 50€. Desde luego muy buena relación entre calidad y precio. No puedo recordar la enorme cantidad de aguas y refrescos que pedimos con el calor que teníamos.
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La Trattoria Il Ponentino, en el barrio Trastevere.

  • Descansamos un poco tras la comida pero enseguida nos pusimos en marcha para llegar hasta el Carcere Marmertino, atravesando por el camino la Isola Tiberina por el puente Garibaldi. La Cárcel Mamertina no me impresionó mucho tampoco, pues es un museo pequeño que habla de la propia construcción y de lo que se ha ido recuperando con las excavaciones. Hay también placas conmemorativas que listan los presos famosos que fueron encarcelados en el edificio, entre ellos San Pedro y San Pablo, quienes además evangelizaban a los demás presos.
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Podría ser la Cárcel Mamertina o una mazmorra cualquiera de Skyrim.

  • Nos tomamos un descanso en la Piazza Foro Traiano, observando el Altare della Patria, y nos dispusimos a llegar hasta el Panteón de Agripa, que encontramos cerrado pero con mucho ambiente, así que nos sentamos delante de la fuente de la plaza y nos tomamos un helado tan ricamente mientras reponíamos fuerzas. Mi novia se fijó en un restaurante de allí en el que reservamos mesa para cenar a las 21:00, así que aprovechamos para dirigirnos a la Fontana di Trevi a lanzar la monedita, no sin antes visitar tiendas de recuerdos y la chocolatería Venchi, en la que tenían una auténtica cascada de chocolate caliente tras el mostrador. La Fontana di Trevi fue, en mi opinión, el sitio más bonito de Roma. Lo que pasa es que al estar atestada de gente, no se puede apreciar ni vivir como se debería.
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La imponente Fontana di Trevi.

  • Cenamos de nuevo en la Piazza della Rotonda, frente al Panteón. El sitio para cenar desde luego no era una maravilla. Pero al menos era posible comerse una pizza sin gluten y disfrutar del ambiente de la plaza.
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El Panteón, visto desde la Piazza della Rotonda.

  • Tras la cena, volvimos hasta la Fontana di Trevi para tomar un bus de regreso al hotel, descargar la aplicación de la visita guiada al Vaticano y recuperar fuerzas para el día siguiente. Por la noche aproveché para estudiar un poco las explicaciones sobre las distintas zonas del Foro Romano que habíamos visitado la mañana anterior, por saciar mi mera curiosidad.

Día 2

  • Nos levantamos, nos duchamos y sobre las 8:00 estábamos desayunando en el hotel, aprovechando que no teníamos prisa por madrugar al tener ya nuestro kit de Omnia del día antes. Aprovecho para comentar que el transporte interurbano público en Roma es gratuito (no porque se haya estipulado así, sino porque todo el mundo pasa de pagarlo y nadie hace nada al respecto) así que os podéis ahorrar el comprar vales o tarjetas de trayectos de bus o tranvía. Aunque muchos kits de entradas a monumentos y museos incluyen una tarjeta para viajar gratis con transporte público, esta no nos fue necesaria en ninguno de los cuatro días que estuvimos por Roma.
  • Sobre las 9:00 nos dirigimos a la Piazza del Popolo, tras la cual se puede subir a un paseo muy bonito con vistas a toda la ciudad. Y en cuyos jardines se estaba empezando a montar un concurso de helados.
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Panorámica de la Piazza del Popolo.

  • Tras el paseo nos dirigimos a la Villa Medici, aunque por fuera pues estaba cerrada.
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Exterior de la Villa Médici.

  • Descendimos entonces y llegamos a la Piazza di Spagna, que básicamente tenía a su alrededor todas las tiendas lujosas de ropa y perfumería. También había carruajes para dar paseos por la ciudad.
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La Plaza de España.

  • Seguimos caminando hacia el oeste, cruzando el río Tíber por el puente Cavour y paseamos por el mercadillo que sigue el río. Pasamos así por delante del Tribunal Supremo y del Castillo de Sant’Angelo. El castillo es el único punto de interés al que no pudimos entrar por falta de tiempo. Y es que dos días en Roma no da para mucho más que para todo lo que vimos.

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El Castel Sant’Angelo.

  • Como pasaba del mediodía, decidimos buscar un sitio para comer. Costó un poco encontrar uno y al final optamos por la Trattoria da Luigi. Estuvo muy bien pero no tanto como el día anterior. Eso sí, al menos pude comer cordero con patatas porque ya se me salían las ensaladas y la pasta por las orejas.
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La Trattoria da Luigi, casi a tiro de piedra del Ponte Sant’Angelo.

  • Tras la comida nos dirigimos hacia la Piazza San Pietro, ya que teníamos la visita guiada al Museo Vaticano a las 15:00 y nos pidieron estar allí 15 minutos antes. Sólo la cola para entrar, siguiendo a la guía, duró unos 40 minutos. Una vez dentro, nos dieron a cada uno un receptor de radio con auriculares para que pudiésemos escuchar (los cincuenta que éramos en nuestro grupo) las explicaciones. No me apetecía nada ir al Vaticano y menos en visita guiada, pero me pareció que el tono de explicación era muy ameno y equilibrado (no es que fuera laico pero tampoco era muy religioso). Me gustó especialmente la explicación de cómo Michelangelo transformó la Capilla Sixtina. Sobre la visita, debo decir que fueron más de dos horas, que los grupos con guía se van peleando entre si por ir a los sitios y que no tienes tiempo de parar a sacar foto alguna porque se va contrarreloj ya que a las 19:00 cierran la Basílica di San Pietro, lugar que uno puede visitar libremente al terminar el tour y devolver el receptor de radio. Por el camino vimos frescos, tapices y muchas esculturas. Arte sobre todo de la época romana (no puedo contar la de bustos y estatuas dedicadas al César Augusto) pero también había jarrones y esculturas de los etruscos.
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La Basílica de San Pietro, vista desde la plaza homónima en la Ciudad del Vaticano.

  • Tras salir del Vaticano, paseamos hasta la Piazza Navona, sin duda lo que más me gustó ese día. Sugerí a mi hermana, quien seguía cazando suvenires para sus amigos, que nos sentásemos en una terraza a tomar algo mientras ella paseaba y miraba con calma todas las tiendas que quisiese. Así lo hicimos, tomé un coctel en el restaurante de pasta y pizza Panzirone mientras veía a los niños corretear y jugar por la plaza mientras se realizaba un espectáculo al aire libre de luz y burbujas enormes. Con diferencia, lo más agradable de mi estancia allí. De hecho, nos gustó tanto el ambiente, que ya nos quedamos a cenar en el mismo sitio, pese a que fue de lejos el sitio más caro en el que comimos.
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Atardecer en la Piazza Navona.

  • Tras un breve paseo con visita a una heladería llamada Della Palma, en Via della Maddalena, que contaba con golosinas y más de 150 sabores de helado distintos, fuimos caminando poco a poco hasta coincidir con un bus y regresar al hotel.
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Gelateria Della Palma, no apta para indecisos a la hora de escoger los sabores.

  • Ya en la habitación, me dispuse a hacer el equipaje y dormir, preparándome así para el viaje de regreso al día siguiente.

Esto ha sido el resumen de dos días enteros de pasear y visitar sitios de interés en Roma. Me quedo con el recuerdo de gente muy amable allá donde fuera, de las vistas del Panteón, del atardecer en la Piazza Navona, de la bella Fontana di  Trevi y de una gran cantidad de sitios en los que se puede descansar y tomar algo disfrutando del ambiente. Desde luego, Roma es el sitio al que menos me apetecía ir de Italia, pero ya caerá en otra ocasión un buen viaje a Florencia. Al menos en Roma he visto mucha cosas nuevas, he practicado y mejorado mucho el italiano, aunque no se ha oxidado mucho pese a los dos años en desuso y he pasado tres días sin ordenador ni trabajo (salvo unas breves notas que apunté la primera noche en el hotel).

Espero que hayáis pasado un buen puente de mayo, a ser posible menos movidito que el mío. Gracias como siempre por seguir mis aventuras.

¡Hasta pronto!